Sumario
1. Introducción. — 2. Custodia y crianza compartida: definiciones. — 3. Custodia y crianza en el ordenamiento jurídico peruano. — 4. En la experiencia jurídica comparada. — 5. Género en la custodia compartida. — 6. Conclusiones. —7. Referencias bibliográficas.
Resumen
El Código Civil reconoce la figura de la custodia compartida; no obstante, esta es escasamente utilizada, lo que dificulta una adecuada participación parental en la crianza de los menores, y ello se debe principalmente a las expectativas de género que tienden a la discriminación entre los padres alterando negativamente en las dinámicas familiares, por lo que los jueces deben apartarse de estas creencias sociales que no les permiten arribar a decisiones que se armonicen con el interés superior del niño.
Palabras claves: Custodia, crianza compartida, familia, género.
Fundamento legal: Art. 418 del CC; 74 del CNA
1. Introducción
Desde tiempos remotos la sociedad ha sentido la imperiosa necesidad de establecer una distribución de roles para cumplir con las responsabilidades y obligaciones dentro de aquella. Esta adquiere relevancia debido a las expectativas impuestas por las normas culturales y sociales.Las expectativas de género se definen como el conjunto de ideas, creencias y comportamientos asociados a un género…
5. Género en la custodia compartida
La influencia del género en los casos de custodia compartida, tal como se ha evidenciado anteriormente, representa y genera inquietud, pues influye directamente en la decisión impuesta por los jueces que, a su vez, involucra el futuro de los niños, niñas y adolescentes en disputa.
Se ha sacado a relucir el pensamiento machista y patriarcalista que sigue presente en la sociedad peruana, que normaliza actitudes despectivas que limitan tanto el rol del hombre como de la mujer, encasillándolos a un mismo actuar, con la amenaza de ser sometidos a la crítica de la sociedad.
El género es más complejo de lo que se ha insinuado. Como expone Judith Butler (1999) en su libro El género en disputa, catalogar el género bajo planteamientos ideológicos limitantes no es lo que debería considerarse como tal. Este debería tener un concepto más amplio sin encasillar en lo que es femenino y masculino, presentando la idea de vivir con la indeterminación del género.
Para Butler, el género es la interpretación cultural de lo que se considera femenino o masculino, irónicamente limitado por la misma ideología cultural donde se presenta. El sexo es tomado como un hecho biológico y al género como una construcción cultural.
Mas, en la realidad, se asume que el género deriva del sexo, pero esto no es necesariamente así, ya que el sexo no determina un comportamiento específico. Es decir, no por nacer con sexo femenino, se debe actuar conforme a las expectativas culturales de lo que es ser mujer.
En este trabajo, no solo se aboga por los derechos de las mujeres, sino que también se reconoce a los hombres como víctimas del pensamiento machista peruano. Se muestra una realidad, donde la violencia contra los varones no recibe la atención que merece, lo que conduce a su deshumanización al no reconocerse que ellos también experimentan dolor.
Esta situación también se relaciona con la crianza, donde es común que se cuide más a las hijas mujeres que a los hijos varones bajo la creencia errónea de que estos “saben cuidarse solos”. A los hombres se les imponen comportamientos perjudiciales asociados a la masculinidad, como la violencia, el exceso de autoridad y fuerza, y la tendencia a abusar de otros (Nogués, 2022). Estos comportamientos frecuentemente se traducen en actitudes misóginas hacia las mujeres, perpetuando un ciclo interminable de conductas dañinas.
Importante:
El Código Civil y el Código de los Niños y Adolescentes, por ejemplo, indican que ambos padres deben compartir la patria potestad y que la tenencia debe decidirse en el mejor interés del niño. Sin embargo, no siempre queda claro cómo se debe implementar esta igualdad, especialmente en contextos culturales donde existen prejuicios de género.
Cuando llevamos estos a la figura de la custodia compartida, se denota una subestimación al papel del padre en la crianza de los hijos, haciendo que la responsabilidad recaiga sobre la mujer.
La paternidad activa en estos casos es delicada, pues en la mayoría de los pocos casos de custodia compartida, aun cuando se dividen los roles y responsabilidades para el cuidado y prioridad de los menores. Al final, el padre termina solo con el papel de proveedor, sin tener en cuenta la influencia que debe tener en la vida del menor, causado por las mismas ideas predispuestas de género. Al ser así, no es de extrañar la poca selectividad a esta opción.
Es a través de las ideas preconcebidas de género, que no se puede llevar a cabo una debida tenencia compartida. A continuación, se van a presentar ejemplos que ilustran su influencia en esta figura.
Caso 1
Laura y Carlos han decidido separarse después de ocho años de matrimonio. Tienen un hijo de 6 años, Matías. El tribunal otorga la tenencia exclusiva a Laura, asumiendo que, por ser la madre, está mejor preparada emocionalmente para cuidar de Matías todos los días. Las decisiones importantes sobre la educación y salud de Matías son tomadas principalmente por Laura, con poca consulta a Carlos, ya que se considera que Laura tiene un “instinto maternal” más fuerte. Ella enfrenta una carga considerable al tener que equilibrar la crianza de Matías con su trabajo y otras responsabilidades, sintiéndose agotada y a veces abrumada por tener que manejar todo sola. Aunque ama a su hijo y quiere lo mejor para él, la presión de ser la principal cuidadora le deja poco tiempo para sí misma. Por otro lado, Carlos tiene derecho a visitar a Matías cada fin de semana y los miércoles por la tarde. Sin embargo, se siente marginado en su capacidad para cuidar y tomar decisiones importantes sobre la vida de su hijo. Ama a Matías y quiere estar más involucrado, pero se ve limitado por las expectativas de género que lo posicionan como el proveedor económico en lugar del cuidador.
Caso 2
Sonia y Martín decidieron separarse después de cinco años de matrimonio. Tienen dos hijos, Lucía de 10 años y Santiago de 7 años. Aunque ambos quieren lo mejor para sus hijos, la separación ha sido difícil y llena de conflictos. El tribunal le otorgó la tenencia exclusiva a Sonia, asumiendo que, como madre, está mejor preparada para cuidar a Lucía y Santiago diariamente. Ella tiene que equilibrar su trabajo con la crianza de sus dos hijos. Sin la pensión alimenticia de Martín, lucha para cubrir los gastos básicos de la familia, como alimentos, ropa y educación. Por otro lado, Martín tiene que cumplir con el régimen de visitas acordado, teniendo el derecho de visitar a sus hijos los fines de semana alternos y una tarde entre semana. Sin embargo, debido a las tensiones con Sonia, las visitas son esporádicas y a menudo conflictivas. Asimismo, él debe contribuir económicamente a la crianza de los niños mediante una pensión alimenticia, pero, debido a las tensiones con la madre, toma la decisión de no pagar la pensión alimenticia, alegando dificultades económicas propias y descontento con cómo se manejan las visitas. Esta decisión agrava los conflictos con Sonia y afecta su relación con Lucía y Santiago. Esta falta de apoyo económico y la inestabilidad en su vida familiar afectan también su calidad de vida.
Como se ha ilustrado, las expectativas de género pueden tener un impacto profundo en el bienestar de los niños y en la dinámica familiar en cuanto a tenencia y custodia. Estas expectativas influyen en cómo se asignan las responsabilidades parentales y en la percepción de los roles de los padres, afectando a todos los involucrados de manera personal y emocional. Una distribución desigual de las responsabilidades parentales basada en estereotipos que puede generar conflictos y resentimientos entre los padres, creando tensiones en la dinámica familiar. Si uno de los padres siente que su contribución no es valorada o reconocida, esto puede afectar la cooperación y la comunicación entre ambos, impactando el ambiente familiar y el bienestar de los niños.
Para los niños, las expectativas de género pueden ser limitantes y perjudiciales. Si las decisiones de tenencia y custodia se basan en estereotipos de género, como asumir que las madres son las cuidadoras naturales y los padres los proveedores, los niños pueden perder la oportunidad de tener una relación equilibrada y significativa con ambos progenitores.
Además, imponer roles tradicionales puede privar a los niños de la idea de que tanto hombres como mujeres pueden ser cuidadores amorosos y competentes, limitando su perspectiva y perpetuando estereotipos de género en su vida, afectando sus expectativas y comportamientos futuros.
Por otro lado, para las madres, las expectativas de género pueden implicar una carga desproporcionada en la crianza de los hijos. Si se espera que ellas asuman la mayor parte de la responsabilidad del cuidado infantil, pueden sentir una gran presión y estrés, tratando de equilibrar sus responsabilidades laborales y personales. Esto puede llevar al agotamiento y afectar su bienestar emocional y físico. Además, esto puede limitar sus oportunidades de crecimiento profesional y personal, perpetuando la desigualdad de género en otras áreas de sus vidas.
Por último, para los padres, las expectativas de género pueden ser igualmente perjudiciales. Si se los ve principalmente como proveedores económicos y no como cuidadores capaces, se presenta la posibilidad de que se sientan marginados o subestimados en su capacidad para cuidar y educar a sus hijos. Esta exclusión puede generar sentimientos de frustración y tristeza, ya que aún existen muchos padres que desean estar más involucrados en la vida diaria de sus hijos y desarrollar un vínculo cercano con ellos. La falta de paternidad activa puede afectar negativamente su relación con los hijos y su satisfacción personal y familiar.
